Solo Lideres

El mágico encanto de las arenas de Punta

No es explicable, pues el misterio no necesita explicación: sólo alcanza con cerrar los ojos y dejar volar nuestros pies imaginarios hasta el momento sublime de posarnos en los mágicos encantos de las arenas de Punta.

 Recostada sobre las tranquilas aguas del Río de la Plata, la costa uruguaya promete una diversidad de arenas, gruesas, finas, terciadas y hasta cantos rodados, todas con sus particularidades pero siempre muy estimulantes para las diferentes preferencias que suelen descansar en sus doradas extensiones, un alto reparador en el camino desde ambos extremos sobre el Atlántico, rumbo a la mítica Punta del Este. Cómplices del misterio, las arenas puntaesteñas se estiran más allá de la península, guardando celosamente el secreto al que año tras año sucumben quienes visitan la región.

Despejadas, concurridas, amplias, con arenas finas que suelen albergar berberechos y almejas de buen porte, o con cantos rodados finamente pulidos por la constante caricia de las tranquilas mareas del Río de la Plata en Balneario Bellavista, o cuna de miles de historias de verano del incipiente océano en La olla y las tablas multicolores en El Emir, picoteadas caprichosamente por los insistentes cangrejos de río de El Placer, que a fuerza de presencia conquistaron una de las áreas protegidas del lugar. O a cuestas de fulgurantes sargos a los pies de Casapueblo o abrazando las aguerridas barcas de pesca a la luz del farol, plácidamente descansadas en las arenas únicas de José Ignacio, todo en ellas anticipa experiencias lúdicas e imborrables que alimentan el mito con las historias contadas de regreso a casa.

Desde sitios acariciados por la brisa durante esas largas e inolvidables caminatas conversadas de todas las horas en Solanas de Portezuelo, con mate y guitarras crepusculares en varios idiomas en La Barra de Maldonado o en la camaronera Valizas, o como testigos privilegiados de las andanzas de las dos colonias de lobos marinos más grandes de Latinoamérica, insistentes vecinos de las anaranjadas barcas de pesca que solemos ver “lagarteando” al sol desde Piriápolis hasta la siempre sorprendente Punta del Diablo, refugiados desde tiempos perdidos en la historia de la Isla de Lobos en Punta del Este y en las bravías rocas del indómito Cabo Polonio.
Protagonista de las envidiables siestas a la vera del río en el balneario que el inefable Don Luis Landriscina eligió como su lugar en el mundo, la apacible Santa Ana, en Colonia, la línea dorada se extiende hasta la fronteriza Barra do Chui, en la frontera con Brasil, línea que une a ambos lados en la paciente pasión – rareza expresiva que opone pícaramente ambos términos - por la pesca a reel con piezas siempre excepcionales como la incansable Corvina Negra, destinada a las brasas o el delicioso Mochuelo, cita obligada del chupín casero y galleta dura de campo, como prefieren los locales y se enamoran perdidamente los visitantes.
La naturaleza sigue siendo juguetonamente pródiga en el lugar. Con gran acierto, la dotó de misterios encontrables y respuestas sin preguntas, mientras, divertida, la veía crecer paso a paso, en brazos de la tenacidad imparable de quienes saben que están construyendo historias y los mejores momentos, siempre a pasos de la costa.

Aparentemente de espaldas al campo, la costa uruguaya siempre se atreve a avanzar entremezclando arenas y pastizales agrestes, extendiendo su influencia interrumpida por cañadas, caminos y senderos, integrando localidades y poblados de singular encanto. A escasos treinta minutos por la Ruta 12 en Punta Ballena, bordeando la Laguna del Sauce, el camino nos lleva al idílico valle de Pueblo Edén, un centenario y bucólico pueblito pleno de vida y sabores de marcada personalidad en sus vinos y aceites de oliva de alta gama, sus dulces caseros y productos orgánicos de primera calidad.

 

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Texto: Carlos Rodríguez Ruiz

Fotos: Fernando Gutiérrez, Carlos Rodríguez Ruiz y UpGrade Comunicación & Branding